SODA HISTORIAS

Incruenta disección de taras y virtudes humanas en quince burbujeantes cuentos de Cris Zurutuza

 

Al principio la mayoría de las personas parecen normalitas. O no se les presta mayor atención. Con el tiempo surgen taras estándar: manías, prejuicios, malas ondas, desajustes. Nada excluyente. A medida que se les conoce, esos rasgos pueden remarcarse o diluirse en una cotidianidad tolerable. Aunque tarde o temprano nadie se salva de mostrar la hilacha. El borde entre el raye bancable y lo jodido varía de uno a otro. Como la capacidad del portador de camuflar, o no, el lado oscuro; ahorrárselo al semejante. Ese abanico es el que recorren los personajes cotidianos en los quince cuentos elegidos por Cris Zurutuza (Pehuajó, 1976) para debutar en el género con En el futuro seremos un objeto retro.

Pero hay algo más que en la primerísima impresión no llega a explicitarse y sin embargo parece ser la causa que atrapa a la retina e impide suspender el relato, por el contrario. Por fortuna son historias de una diez páginas promedio, en las cuales a las respectivas personalidades —protagonistas, secundarias o auxiliares— más que mostrarse en forma desfachatada, las circunstancias interiores trascienden los cuerpos, se les escapan. Algunas veces, ni ellas mismas caen en la cuenta de lo que evidencian. Por allí ronda ese atractivo literario insoslayable: cuando la palabra escrita captura las emociones a través de la acción sin acudir a la trampa de lo explícito. En Zurutuza abundan los recursos para lograrlo. Su prosa fluida puede acudir a la tercera persona en un tramo y a la primera en otro, lo mismo que calzarse la voz masculina que la femenina, joven o anciana, con idéntica verosimilitud. Ductilidad que habilita a la autora a transitar una contemporaneidad identificable para la anuencia del lector.

 

La autora, Cris Zurutuza.

 

Abre las ciento setenta páginas con una historia fuerte, “Te están mirando los ojos de un muerto”. Un periodista, crítico cinematográfico fanático del terror; un dueño de videoclub de semejantes inclinaciones, el mozo del bar donde ocurre la escena. Ingresa un tipo enmascarado como el Guasón, furioso porque el crítico destrozó su documental realizado con requechos de films de Moria Casán. Busca venganza. Esa noche habrá luna roja de sangre, mal augurio. El dúo cinéfilo procura conjurarlo mediante un ritual que exige agua con vinagre y sal, un paño rojo, una hojita de laurel, una pequeña espada de bronce, la imagen de San Benito. La magia es insuficiente, el Guasón ataca. El periodista intenta detener al energúmeno, le pregunta “si es consciente: lo están mirando los ojos de un muerto. El tipo queda confundido, silencioso”. Ante la duda, le aclara que “recibió un trasplante de córnea hace diez años y desde ese momento lo único que le interesa ver es sangre, horror”. Se desata el marasmo, entre la farsa y la tragedia.

El fracaso del componente mágico resurge en varias de las narraciones como recurso de debilidad, cada vez que falla el contacto humano. En “Dosis homeopáticas de amor”, las amigas acuden a una aplicación de citas; ambas refuerzan con frases mágicas, onda mantra. “La energía cósmica sigue su cauce, pero hay que ayudarla. Nos pasamos mensajes sobre los perfiles que nos parecen interesantes: profesional, sin hijos, busca una relación estable; hombres entre cuarenta y cincuenta y dos. Con algunos tenemos dudas por sus descripciones, la forma del humor —tengo el comedor completo—, las advertencias que hacen a las electoras —si querés perder el tiempo pasá de largo—, y además cuenta la orientación política, que para conocerla hay que empezar a hablar”. Una engancha a quien dice ser el rockstar canadiense Bryan Adams, la otra a un pintor de San Telmo ante quien primero se abatata, luego se sobreadapta.

 

 

Sin embargo no todo es espiritualismo y magia. Puede ocurrir que una barra de muchachos del suburbano profundo, al volver de parranda acuden por unas facturas a una panadería donde el empleado a cargo del horno les reparte gratis, silencioso. Una vuelta, los invita a su boda y la escena gira ciento ochenta grados. La humilde fiesta permite a la alegre solidaridad instantes de regocijo. Más autobiográfico (la autora es hija y nieta de fabricantes de soda de Pehuajó), “Hasta el fin de mis días tomaré soda de un sifón de vidrio” narra los entrañables momentos del último descendiente de una dinastía de soderos: “Me adentro en los laberintos de pilas de cajones como cuando era pibe. El lugar me parece inmenso y sombrío. Relampaguea, me envuelve un silencio denso. A los pocos minutos el viento da sacudidas en las chapas del techo. Las lámparas de aluminio que cuelgan se hamacan creando sombras extrañas…”

Una suerte de pragmatismo entre racional y afectivo en varias historias se impone sobre el pensamiento mágico. Sin ánimo didáctico ni moraleja, ni combate militante contra la superchería cotidiana, Zurutuza recurre al contraste a fin de habilitar la emergencia de alguna verdad escamoteada dentro de cada humanidad. Del absurdo a la ternura, del crudo realismo al dulce misterio de lo inesperado, va despejando capa tras capa hasta que cada personaje, junto al lector, vaya topándose con sus deseos. Y haciendo algo en su favor, o estrolándose. En este aspecto, En el futuro seremos un objeto retro opera al modo de esas láminas transparentes (usuales en los manuales de anatomía descriptiva) que, al superponerse, van descubriendo el funcionamiento de los órganos ocultos en su interior. Cirugía incruenta, literaria, amable, hace de las incesantes circunstancias variadas herramientas aptas para desarmar aquello de lo que están hechos en última instancia los cuerpos: las palabras.

 

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

En el futuro seremos un objeto retro

Cris Zurutuza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2024

172 páginas

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 2500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 5000/mes al Cohete hace click aquí