Diga 33

Por qué Hitler sube al poder y se sostiene, pregunta el periodista italiano Siegmund Ginzberg

 

Ni tragedia ni farsa, la historia de los pueblos nunca se repite. La célebre frase de Karl Marx en el comienzo del El dieciocho Brumario (1852) es el sarcasmo con el que el genio de Tréveris saltea el puente levadizo de la solemnidad para, riéndose de Hegel, entrar por la ventana en la corte de la Segunda República francesa comandada por Luis Bonaparte. Sentencia con otro vuelo cuando se considera su afirmación inmediata, en el segundo párrafo: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Por esto último es que en ciertos aspectos de la vida contemporánea emergen espejismos evocativos capaces de reflejar residuos del pasado. Fragmentos entonces reconocibles sobre los cuales la actualidad hace de la parte, el todo. Y donde esa observación genera la paradoja en la que construye una versión y, al mismo tiempo, se reconoce como sujeto. Sujeto histórico, inmerso en un conjunto interconectado, la sociedad. Solución fácil, haragana, a fin de intentar explicar el aquí y el ahora, a condición de omitir una multitud de determinaciones y condicionamientos poco o nada previstos en el manual de antecedentes heredado. Sucede a menudo. Más últimamente con el ascenso de las derechas extremas  en diversas latitudes, raudamente encasilladas como epifenómenos fascistas o, más aún, nazis. El experimentado periodista italiano Siegmund Ginzberg (Estambul, 1948) hurga en aquellas circunstancias menos visitadas, tomando como referencia las prácticas políticas protagonizadas por Adolf Hitler a partir de su entronación en 1933. Caracteriza tamaños momentos con un título patógeno: Síndrome 1933, un libro de investigación que se zambulle en las raíces de esa sociedad y su líder que produjeron sesenta millones de muertos.

 

El autor, Siegmund Ginzberg.

 

Empieza por la conclusión para luego demostrarla. Afirma que ni Donald Trump, Santiago Abascal, Marine Le Pen, Giorgia Meloni, Javier Milei, Viktor Orbán ni Matteo Salvini son nazis. Le cuesta más incluir al austríaco Anton Rainthaller, quien no oculta su pasado en las SS, o a los fanáticos de partidos pequeños en Turingia. No obstante, coincide en que a la mayoría de los anteriores, como a Hitler, “no los vieron venir”, disfrazados de “símbolos del cambio, de la renovación, de la revolución”,  cuando no de su parada postulándose como el “verdadero hombre nuevo, antisistema, abanderado del dinamismo frente al estancamiento, de la arrogancia frente al establishment”. Impostura que sí, se vio venir.

Fruto de una familia judía súbdita del imperio otomano, trasladada a Milán en los años '50, Ginzberg se formó en filosofía para después dedicarse a la crónica histórica en el diario comunista L’Unitá, del cual fue corresponsal en medio orbe. Experiencia cosmopolita en la que absorbió una erudición rigurosa volcada en la investigación histórica. Con esa soltura otorgada por el periodismo, atravesada por el rigor académico, alcanza un singular poder de síntesis con el que disecciona un acontecimiento, a partir del cual hace accesible las correlaciones más intrincadas. Su piedra de toque es la lucha de clases, con especial énfasis en la puja al interior de las mismas; por cierto herramienta idónea a fin de comenzar a descifrar la génesis del hitlerismo. Lo sitúa en la forzada convergencia de la vieja “centro-derecha magnate” y el flamante “nuevo populismo agresivo de los nacional-socialistas”; para ese entonces subestimado como un bullicioso grupejo de marginales. Que lo eran.

 

 

Táctica de alianzas y traiciones durante una feroz trepada en los andamiajes del poder, con el cual el avance se incrementa a golpe de decreto. En este aspecto, el autor invierte el aforismo marxista para hipotetizar un comienzo como comedia “y se acabara como catástrofe, o en ambos casos se produjera como tragedia”. En el desarrollo de la idea, Ginzberg se vale de una alegoría literaria: los relatos de viaje compuestos por el escritor Georges Simenon (Lieja, 1903 - Lausana, 1989) durante su viaje por Europa el fatídico año de 1933. Entre abundantes crónicas y reportajes, entrevista a Trotski en el exilio, quien, exquisita metáfora electrotécnica mediante, no duda que el nazismo llevará a Alemania a la guerra. Planea sobre la crónica policial y la literatura truculenta de la época, en cuya sumatoria interroga las populosas marcas de una ideología tornándose dominante.

Síndrome 1933 se sumerge en las oquedades del antisemitismo nazi; distingue al judío alemán adaptado, al inmigrante, al representante de las distintas nacionalidades, todos objeto de prejuicios enraizados que les preceden. Homolgados a la delincuencia y la perversión, los judíos pasan a ocupar el lugar de causa para todas las desdichas y calamidades; ejemplifica con la habanera entonada por Marlene Dietrich en El ángel azul: Si llueve y hace frío / Si el teléfono está ocupado / Si pierde la bañera / Si te equivocas con los impuestos / ¡Todo, absolutamente todo es culpa de los judíos!/ Si la comida sabe a jabón / Si no llegas a fin de mes / Si el Príncipe de Gales es mariquita / ¡Todo, absolutamente todo es culpa de los judíos!” La figura del judío resulta funcional a todas las pasiones articulables con el odio: “Si el Führer hubiera logrado la ansiada exterminación de los judíos, debería haber inventado otros, porque (…) sin el sombrío judío no podría brillar la imagen del alemán del norte”. Se construye de tal modo “la columna vertebral emocional”, abastece de una “principal razón de ser”, atrae votos. Precisamente, el nacionalsocialismo desata la campaña electoral permanente; promete suculentos bocados para cada sector social, siempre impostando una alianza entre populismo y derecha.

Tras relevar las operaciones del nazismo sobre el lenguaje, articula el paulatino sometimiento de la prensa gráfica y radial, espacios donde confluían furia y moderación falsificada. Sin variar demasiado, los instrumentos de acumulación de poder van adaptándose a las circunstancias sin prurito por las contradicciones y tautologías. Se refuerzan las acciones en nombre del pueblo, definido “por oposición a quienes no son parte de él”; obtiene ciudadanía plena solo “el que tenga sangre alemana, independientemente de su confesión religiosa (…) En consecuencia, ningún judío puede ser miembro del pueblo”. Un despilfarro de bonos sustituye la moneda, genera un artificio de riqueza y poderío; un trueque mefistofélico embauca a inversores (a menudo por sobre su voluntad) y trabajadores rasos por igual.  El 21 de marzo de 1933 se inaugura el primer campo de concentración para opositores en Dachau, a veinte kilómetros de Munich.

La población se aliena en las profecías del Führer y Siegmund Ginzberg teoriza mientras interroga: “por qué tantos siguieron creyendo en Hitler cuando ya había causado el desastre? ¿Por puro fanatismo? ¿Por costumbre? ¿Quizá por miedo? ¿O por falta de alternativas?” El autor cierra Síndrome 1933 con un fragmento shakesperiano, tomado de El Rey Lear: “¡Oh dioses! ¿Quién puede decir: ‘Estoy en mi peor momento?’ Yo estoy peor de lo que nunca estuve / Y todavía puedo estar peor; lo peor no llega mientras podamos decir: ‘Esto es peor’”.

 

 

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

 

Síndrome 1933

Siegmund Ginzberg

Traducción de Bárbara Serrano Kieckebusch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2024

224 páginas

 

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