Síndrome de la patrulla perdida

La política exterior argentina en tiempos de declinación estadounidense

 

Shōichi Yokoi fue un sargento del Ejército imperial japonés que peleó en la segunda batalla de Guam de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Tras la capitulación japonesa, varios soldados nipones se internaron en la selva e ignoraron la derrota de su país. Yokoi fue encontrado en la isla de Guam tres décadas después, sin saber que la gran conflagración mundial había concluido. Jamás pudo adaptarse a la sociedad contemporánea porque su mundo interno continuaba irremediablemente anclado en el pasado.

El sargento Yokoi —conjuntamente con el oficial de inteligencia Hirō Onoda y con el soldado Teruo Nakamura— representan, según la expresión de Alberto Farías Gramegna, “los restos fantasmales de lo que la historia, la sociología y la psicología social llamarían el síndrome de la patrulla perdida”. El aferrarse a un pasado que ya no existe, al extremo de desconocer una nueva realidad —tal como les sucedió a los soldados japoneses—, constituye una de las falencias más comunes entre quienes despliegan políticas exteriores dogmáticas.

El gobierno de Javier Milei replica, en este sentido, el mismo tipo de error estratégico que la Argentina de la década de 1930, cuando el país ató sus destinos a una Gran Bretaña declinante. En efecto, quienes conducen actualmente los destinos externos —principalmente Milei, su endeudador serial Toto Caputo y su canciller Gerardo Werthein— configuran una suerte de “patrulla perdida” que abraza acríticamente todo lo que surja de Donald Trump, aunque ello conlleve los cambios de posición más inverosímiles y haga de la política exterior un repertorio de improvisación sin límites.

Esta obsecuencia a Washington no tiene parangón en nuestra historia y expresa, además, una lectura insustancial del escenario estratégico global, en el que los Estados Unidos atraviesan un gradual —pero sostenido— proceso de declinación hegemónica.

 

De Roca-Runciman a Milei

El 1° de mayo de 1933 se consumó el denominado “tratado Roca-Runciman”, suscripto por el Vicepresidente argentino Julio Argentino Roca (hijo) y el encargado de negocios británico, Walter Runciman, a través del cual Londres se comprometía a continuar comprando carnes argentinas, siempre y cuando su precio fuera inferior al de los demás proveedores mundiales. Como contrapartida, la Argentina aceptaba liberar los impuestos que pesaban sobre los productos británicos y se comprometía a no permitir la instalación de frigoríficos nacionales. En paralelo, se definía la creación del hoy vituperado Banco Central de la República Argentina (BCRA), en cuyo directorio tendría lugar una importante presencia de funcionarios ingleses.

La misión de Roca —resultado de las presiones de la Sociedad Rural Argentina sobre el gobierno de Agustín P. Justo para que emprendiera en Londres una acción en favor de los ganaderos locales— constituyó el último intento del colaboracionismo periférico argentino por sostener la ficción del “imperialismo británico de libre comercio”. Una estentórea frase pronunciada por Roca a la hora de la firma del acuerdo pasaría a la historia como paradigma de la vocación de sujeción al declinante poderío británico: “La Argentina es, por su interdependencia recíproca desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio británico”.

Semejante confesión de parte envalentonó al catamarqueño Guillermo Leguizamón, integrante de la delegación argentina y abogado de ferrocarriles británicos, quien en un banquete al que asistió el príncipe de Gales sostuvo: “La Argentina es la joya más preciada de la Corona de Su Graciosa Majestad”. Leguizamón fue “honrado” con el título de Sir (caballero) por la Corona británica y, desde entonces, se convirtió —ya en su condición de Sir William Leguizamón— en blanco favorito de las iras nacionalistas.

Detrás de estas frases, que basculan entre lo hilarante y lo trágico, anida un asunto de máxima importancia y potenciales enseñanzas para la actual política exterior argentina: la decisión de atar el destino nacional a una potencia en declive, sin advertir adecuadamente la envergadura de los cambios en curso en el sistema de poder mundial.

 

El Pacto Roca-Runciman.

 

El triángulo Gran Bretaña-Estados Unidos-Argentina en el siglo XX

Académicos argentinos del campo de la historia y las relaciones exteriores —entre ellos, Mario Rapoport y Carlos Escudé— abordaron con detenimiento la relación triangular entre Gran Bretaña, Estados Unidos y la Argentina entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Sin adentrarnos en las complejidades de los vínculos triangulares y en las variables que los constituyen —asunto conceptual que fue objeto de la minuciosa investigación doctoral de Escudé [1]—, conviene detenerse en cierta información significativa para este artículo.

En primer lugar, cabe señalar que al iniciarse el siglo XX una parte importante de las inversiones británicas tenía como destino a la Argentina. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), los Estados Unidos —que ya eran una potencia industrial en auge— se erigieron como el principal poder financiero global, proyectándose en las siguientes tres décadas como el más importante cliente y proveedor de la Argentina, y reemplazando a Europa como fuente de capitales.

El ascenso de los Estados Unidos y el declive británico durante la primera mitad del siglo XX se expresa, por ejemplo, en la evolución del comercio exterior y en la participación en la producción manufacturera mundial. En este sentido, la cuota relativa de Washington y Londres en las exportaciones mundiales exhibe, según la OMC, los siguientes resultados: mientras en 1870 las exportaciones mundiales de los Estados Unidos representaban el 7,9% del total, las británicas ascendían al 18,9%. Siete décadas más tarde, la participación estadounidense había crecido sustancialmente (13,5% en 1938) frente a un significativo descenso de las exportaciones británicas (10,8%). Por otro lado, la participación del Reino Unido en la producción manufacturera mundial fue del 31,8% en 1870 frente a un 23% de los Estados Unidos. Seis décadas después, la cuota británica cayó a una tercera parte (9,4 % para el período 1926-29), en tanto la estadounidense casi se duplicó (42,2% para el mismo periodo).

Otros datos adicionales que dan cuenta de la declinación británica para los años del Pacto Roca-Runciman son expuestos por el historiador Paul Kennedy en su clásico Auge y caída de las grandes potencias (1987) [2]. Por citar sólo algunos aspectos de este deterioro, cabe señalar que la producción textil —que todavía representaba el 40% de las exportaciones británicas— se redujo casi un 70%; el carbón —que constituía otro 10% de las ventas externas británicas— bajó en una quinta parte; la construcción y producción naval descendieron al 7% del valor previo a la Primera Guerra Mundial; mientras las producciones de hierro y acero se desplomaron un 53% y un 45%, respectivamente.

También la situación del flujo de capitales contribuye a tomar dimensión de la envergadura del cambio. Por ejemplo, en 1913 las inversiones británicas representaban el 59% del total de las inversiones extranjeras en la Argentina, mientras las norteamericanas constituían sólo el 1%. Cuatro décadas después, las estadounidenses se habían multiplicado exponencialmente (30% del total en 1955), en tanto las británicas se habían reducido a una tercera parte (21%).

Con este trasfondo, la mayor parte de los países del continente —entre ellos, Brasil— iniciaron el proceso de desapego imperial con el Reino Unido, dejando atrás la relación privilegiada con Londres y forjando un nuevo tipo de vínculo con los Estados Unidos. En paralelo, la creciente relación económica de la región con Washington comenzó a tener un correlato en el plano político, con los primeros intentos estadounidenses de construir un sistema hemisférico bajo el ideario del panamericanismo. Sin embargo, nuestro país tomó un rumbo divergente. Según Rapoport: “en el decenio de 1930, la Argentina reforzó sus relaciones con Europa, y sobre todo con Gran Bretaña, con un costo importante: el de malquistarse con el país del Norte en numerosas ocasiones en el ámbito internacional” [3].

Es este el contexto en el que se produjeron algunos hechos simbólicos que desembocaron en el pacto Roca-Runciman. Así, en 1926 el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos estableció un embargo que incluía a las carnes argentinas, como consecuencia de encontrarse afectadas por la fiebre aftosa. Al año siguiente, el editorial del 1° de enero de los anales de la Sociedad Rural Argentina (SRA) llevó por título “Comprar a quien nos compra”, y su objetivo era apuntalar la relación preferencial con la declinante Gran Bretaña, procurando proteger las exportaciones de carne de las élites argentinas a cambio de priorizar la importación de manufacturas británicas. La estación final de este itinerario fue el pacto Roca-Runciman, que —como describimos— buscó afianzar los intereses británicos y perjudicó, a través de los mecanismos de control de cambios y fijación de aranceles, el comercio con los Estados Unidos.

 

El triángulo Estados Unidos-China-Argentina en el siglo XXI

 

Gestión Milei-Werthein en Cancillería: alineamiento dogmático, desprofesionalización e improvisación sin límites.

 

Así como hemos sugerido la lectura de los clásicos trabajos de Rapoport y Escudé para estudiar la intrincada relación triangular entre Gran Bretaña, los Estados Unidos y la Argentina, recomendamos el excelente ensayo colectivo de Mónica Hirst, Roberto Russell, Ana María Sanjuan y Juan Tokatlian para adentrarse en las complejidades del actual triángulo Estados Unidos-China-América Latina, y de este modo extraer algunas conclusiones útiles para el caso argentino.

La falta de espacio para internarnos en las sinuosidades del vínculo triangular entre Washington, Beijing y Buenos Aires no debe ser óbice, sin embargo, para llevar adelante el ejercicio de reflejar el contexto global vigente en materia de distribución del poder, y para enfatizar aquellas particularidades del triángulo actual que lo tornan diferente del que compartían Londres, Washington y Buenos Aires hasta entrada la década de 1940.

Empecemos por el último punto: tal como sostienen Hirst et al, estamos ante “una circunstancia inédita y sui generis de doble dependencia de dos competidores estratégicos globales con paridades relativas de poder, una situación que nunca se dio en el circuito triangular América Latina-Estados Unidos-Europa Occidental”. En otras palabras, la situación de los Estados Unidos —al margen de su progresiva declinación hegemónica global— continuará siendo la de un gran poder con incidencia decisiva en la región, lo que no se corresponde con el ocaso que experimentó la preponderancia británica en la primera mitad del siglo XX.

En cuanto al contexto global, la actual conducción de la política exterior argentina debería tomar nota de que su vínculo triangular con Washington y Beijing se inscribe, siguiendo la clásica descripción de Robert W. Cox, en un “orden no hegemónico”. Es decir, un orden cuyos rasgos salientes son la alteración de las reglas del juego, el avance del proteccionismo y la desestabilización de los balances estratégico-militares. Este orden no hegemónico refleja, a su vez, una bipolaridad incipiente entre Washington y Beijing, con los Estados Unidos aún predominando en el plano estratégico-militar, pero con una estructura económica que refleja el traspaso del poder y la riqueza de Occidente a Oriente, con eje en China. Esta dinámica viene generando, a su vez, externalidades en la región sudamericana, un área históricamente sujeta a la influencia estadounidense pero que actualmente exhibe las características de una “periferia penetrada” —el término pertenece a Roberto Russell— por la creciente incidencia geopolítica de la República Popular China.

Algunos datos básicos exhiben, en el terreno de las cifras, lo que el párrafo previo procura sintetizar desde lo conceptual. China ha consolidado el segundo presupuesto militar más alto del planeta. Al finalizar la Guerra Fría, la República Popular representaba el 1% del gasto militar mundial frente al 44% de los Estados Unidos. En 2023 esa brecha se redujo, con Washington alcanzando el 37,5% frente al 13% de Beijing. En paralelo, la redistribución del poder en el campo económico es una tendencia de fondo a nivel global, que ha superado su etapa embrionaria y se encuentra en proceso de consolidación estructural. Al iniciarse la década de 1980, los Estados Unidos multiplicaban por 12 las exportaciones chinas, mientras que dos décadas más tarde la situación se revirtió: Beijing registra ventas externas por un valor de casi el doble de las norteamericanas. Por su parte, las importaciones en ambos países registran variaciones de similar envergadura: mientras en 1980 las importaciones estadounidenses representaban 13 veces las chinas, 20 años después los volúmenes de importación de ambas naciones son análogos. A su vez, la evolución de las reservas es muy representativa del proceso de transición económica en curso: mientras en 1980 China registraba un total (oro incluido) del 5% de las reservas estadounidenses, un cuarto de siglo después las estadounidenses constituyen el 15% de las chinas.

La trascendencia de estas transformaciones en el orden global tiene su correlato en el plano nacional. Hoy China es el segundo socio comercial de la Argentina por detrás de Brasil. En 2023, la República Popular China  representó el 8% de las exportaciones argentinas (5.300 millones de dólares) y el 20% de las importaciones (14.500 millones de dólares). En materia de inversiones, los acuerdos alcanzados con Beijing —antes de la asunción de Milei— englobaban financiamiento por 14.000 millones de dólares bajo el mecanismo del Diálogo Estratégico para la Cooperación y Coordinación Económica (DECCE) y un paquete adicional de 9.700 millones de dólares en el marco de la adhesión argentina a la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Ante un escenario de estas características (no hegemónico e incipientemente bipolar en el plano global, y de doble dependencia de competidores con paridad relativa de poder en el plano regional), la peor estrategia para nuestro país es el alineamiento dogmático. El seguimiento a pies juntillas de cada decisión del gobierno de Trump y la mimetización insustancial con cada gesto de Washington —vigente desde antes que el magnate alcanzara su segunda presidencia— no hacen más que reflejar el grado de improvisación de nuestra política exterior.

 

Milei y Petri en Ushuaia:, con el embajador Stanley y la generala Richardson.

 

 

Desde la postal ridícula de un Presidente camuflado accediendo a las presiones del Pentágono para frenar inversiones chinas —en ocasión de la visita a Tierra del Fuego de la generala de cinco estrellas del Comando Sur, Laura Richardson, en abril de 2024— hasta el “si te he visto no me acuerdo” propinado a Volodímir Zelenski —relación que pasó del abrazo interminable de enero pasado en Davos a la abstención en febrero en las Naciones Unidas a la hora de votar una resolución que le exigía a Rusia retirar sus fuerzas miliares del territorio ucraniano—, la política exterior argentina exhibe niveles de desprofesionalización sin precedentes.

Lo que pareciera ser obra del pragmatismo irrefrenable del Presidente —que pasó de caracterizar a su ministro Caputo como un “irresponsable que en 2018 se fumó 15.000 millones de dólares” a definirlo como el “mejor ministro de la historia”— o de su ministro de Relaciones Exteriores —que pasó de considerar a Cristina Kirchner como la mejor candidata a la eliminación de sus twitts elogiosos respecto de la ex Presidenta—, es, por el contrario, una muestra cabal de subordinación irrestricta y acrítica a los Estados Unidos, carente de cualquier tipo de ponderación estratégica de la evolución del sistema internacional.

En definitiva, la actual política exterior argentina no es la resultante de un pragmatismo extremo ni de malas lecturas de la redistribución del poder global —como podía achacársele a quienes en la década de 1930 se abrazaron con Walter Runciman para sostener los últimos vestigios de la Argentina conservadora—, sino de una “patrulla perdida” que, como los soldados japoneses de la isla de Guam, sigue atrapada en un mundo de hace tres décadas. Si los guerreros Yokoi, Onoda o Nakamura seguían anclados en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Milei permanece en una “fiesta de cumpleaños” ambientada en la caída del muro de Berlín, la unipolaridad estratégica y el auge de la globalización.

 

 

 

* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).

 

[1] Ver Escudé, Carlos. 1983. Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina (1942-1949). Buenos Aires: Editorial de Belgrano, pp. 24-27.
[2] Kennedy, Paul. 1994. Auge y caída de las grandes potencias. Barcelona: Plaza & Janes Editores, p. 500.
[3] Rapoport, Mario. 1996. “Imágenes de la política exterior argentina. Tres enfoques tradicionales (1930-1945)”, en Jalabe, Silvia. La política exterior argentina y sus protagonistas (1880-1995), Buenos Aires, GEL, pp. 42-43.

 

 

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